¿Y si hablamos de Paco Ojeda y de Emilio Muñoz?

Emilio Muñoz toreando en redondo.

EL SENSATO INCONFORMISTA

Por José Carlos Arévalo / Fotos: Agustín Arjona / Ilustración: Humberto Parra

Este artículo va cargado de mala uva. Primero, contra mí, que me di cuenta tarde, cuando la partida estaba ya jugada; después, contra mis compañeros, que todavía no se han enterado; y, finalmente, contra el mismo Emilio Muñoz, que no explicó su toreo con palabras, pero lo dijo muy claro en la plaza.

Me lo dijo en la Monumental de Barcelona. Venía yo de verle triunfar en Francia. Creo que antes de fundar la revista TOROS'92. Por entonces yo andaba muy metido en el estudio de la evolución del toreo y había ido a París a consultar a Auguste Lafront (para el toreo, Paco Tolosa) varios enigmas de la Edad de Plata, que iba a tratar en un libro que, así es la vida, he escrito muchos años después.

Monsieur Lafront era un aficionado sabio, lejos de cualquiera de todos los tópicos. Sus opiniones no coincidían con las verdades oficiales, sobre todo las referentes a los años 20 y 30. Era ya mayor, como yo lo soy ahora, pero tenía la cabeza muy despejada, como yo creo tenerla todavía. De aquel lejano encuentro, a fuer de sincero, confieso que no puedo asegurar todos los juicios que ahora mi recuerdo le atribuye, pero sí puedo afirmar dos cosas: los últimos toreros que le interesaban son Ojeda y Muñoz.

Del sanluqueño yo tenía las ideas muy claras, pero del trianero reconozco que reveló una tauromaquia que luego disfruté a fondo. Para él eran los dos hijos taurinos de Juan Belmonte. De Paco me dijo que llevaba el belmontismo a sus últimas consecuencias porque había incorporado a su toreo el temple de Domingo Ortega. No para torear tan despacio como el de Borox, sino para conseguir que el muletazo no terminara nunca, lo que intentaba Ortega al final del pase perdiéndole pasos, y que Ojeda sí logró dejando los pies clavados en la arena al rematar el muletazo y obligando al toro a seguir la muleta dibujando un ocho, de manera que la misma embestida fuera natural en su primera parte y contraria en la segunda, y todo ello con un temple orteguiano. De manera que la revolución ojedista era impensable sin la revolución belmontista y sin el temple orteguiano. Genial. Coincidía conmigo en que en Ojeda hay una geometría que desborda lo imposible y una poética más fuerte que el abismo.

Lo de Emilio, me dijo, era una trama estilística, un belmontismo elegante, más estilizado, menos dramático, pero en el fondo tan geométrico como el de Ojeda. Si entre éste y Belmonte media Domingo Ortega, entre Muñoz y Belmonte está incrustado Manolete. Ojeda es una revolución, Muñoz crea un nuevo clasicismo. Más puro, más hondo, elegante en la apostura, comprometido en el cite, cruzado cuando el toro desparrama la vista o tardea, pero siempre con el toro presintiendo al torero, ya cite cruzado o en línea natural, y cuando el toro llega a la reunión, el embroque es fajado, y siempre fajado es el trazo, con la elegancia del toreo aseado y la emoción del toreo ceñido. Nunca los toros pasaban; siempre le embestían. Una vez, en Sevilla, creí que era José con el cante de Juan…

Sí, Emilio Muñoz fue figura del toreo, siempre estuvo en la primera fila. De acuerdo, no triunfó en Madrid. Y la verdad, nunca me lo expliqué. Pero también fue un torero importantísimo. De los que yo he visto, uno de los peor tratados por la historia oficial del toreo. No importa, otros colegas más jóvenes, pero que llegaron a ver a Muñoz y a Ojeda, están ahora reescribiendo lo que de verdad pasaba en los ruedos. Quizá Paco March, al que no se le escapa ni una, nos cuente una de las faenas que Muñoz cuajó en Barcelona. Quizá aquella faena de la que yo recuerdo una serie de naturales elegantes y sentidos, cargados de verdad y de misterio, amanoletados en el aguante y abelmontados en el sentir, nos los cuente un día. Repito, Paco March le debe un libro a Barcelona, la plaza más abierta a todos los estilos y conceptos del toreo, por la que entraba en España todo el toreo americano, una preferida por los grandes, de El Gallo a Belmonte, de Chicuelo a Granero, de Armillita a Ortega, de Arruza a Manolete, de Aparicio a Litri, de Chamaco a Ordóñez, de Paquirri a Manzanares, y de José Tomás a Morante.

Y punto. Pido perdón por el bandazo. A estas alturas de este extemporáneo artículo, el aficionado que haya tenido la paciencia de leerlo se preguntará a cuento de qué viene hablar ahora de Ojeda y Muñoz. Pues si lo explico es peor…

Cuando esta página estaba en blanco iba a escribir sobre la Escuela de Madrid, con motivo de su cincuentenario. Sin duda, una de las instituciones más decisivas que ha dado el toreo, como lo demuestra el sinnúmero de escuelas que bajo su influjo se han creado en todo el orbe taurino. Y, sin embargo, me dije: ¿tan mal estaba el toreo cuando Martín Arranz la puso a funcionar? Y me vinieron a la cabeza Paco Ojeda y Emilio Muñoz. Ya les contaré sobre la Escuela de Madrid algo que, inexplicablemente, nadie ha contado. Prometido, será pronto. Porque antes quiero hablarles de los buenos toreros que hoy pisan los ruedos. Siempre me ha irritado la reticencia a valorar el presente.

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